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4月13日 No hay trabajo para ti, chico.Imagínese que aparece en su
ciudad un grupo de personas que hacen su trabajo (el de usted, no el de ellos)
gratis. A cero euros la hora, con buena disposición, y sin quejarse por nada,
ni exigir nada, ni pedir que las cosas se hagan bien. Automáticamente, la estabilidad de su vida y de su quehacer no valdrá nada; haga como haga su trabajo y le dedique el esfuerzo que le dedique; y automáticamente también, si su trabajo es con un contrato de duración definida, piense que el tiempo que le queda con trabajo es el tiempo hasta la resolución de ese contrato. Eso, si la empresa no decide que le es demasiado graboso pagar ese tiempo, y prefiere darle el finiquito y echarle a la calle. Si usted es capaz de desempeñar otro trabajo, quizá pueda encontrarlo; esto en caso de que la situación económica sea buena… sino, el drama le aseguro será de considerables proporciones. Esta es la situación en la que se encuentran la gran mayoría de los estudiantes de órgano –de música en general- en España. Casi todas las orquestas son de titularidad pública. Casi todos los conservatorios también. Suerte tenemos de que en el caso de las orquestas aun contratan a profesionales, aunque no entendemos por qué, sabiendo que habría gente que podría hacerlo gratis. El caso es que cuando tienen que contratar a algún organista, que siempre ocurre en casos puntuales por no pertenecer a la plantilla fija, obviamente lo harán al que mejor lo haga; con lo que siempre contratarán a alguno que tenga tiempo para estudiar. (Si, el órgano, como el resto de los instrumentos, necesita muchas horas al día de estudio). Por lo tanto, llegamos a la conclusión de que el que trabaja para alguna orquesta, en casi la totalidad de los casos, trabaja ya de organista en algún sitio… cuando no es un pianista que hace la labor de continuo en un organo sin ni siquiera conocer el instrumento. En las iglesias, casi todos los organistas son, o bien profesionales que tienen otro puesto de trabajo –de profesor en algún conservatorio-, o bien meros aficionados. Se pueden contar con los dedos de una mano –y sobrarán dedos- aquellas iglesias que tengan un organista titular remunerado, por varias razones, entre las que están la de que si el trabajo es para la iglesia, no importa trabajar por nada y hacer las cosas gratis. En adición, una pésima interpretación en España de las conclusiones acerca de Música del Concilio Vaticano Segundo, han hecho que el órgano no tenga apenas relevancia para los sacerdotes españoles, considerando muchos de ellos de una manera despectiva, que el organista profesional va “a lucirse” en vez de a cumplir una labor para con la liturgia o para con un trabajo bien hecho; agravando así el problema por la falta de consideración de la labor profesional. Es horrible constatar así que casi siempre se prefiere un trabajo mal hecho a un trabajo bien hecho; quedando incluso a veces al margen de la gratuidad o no del mismo. Asimismo, como el profesional quiere las cosas habitualmente bien hechas, es en multitud de ocasiones un elemento molesto; a evitar. No hay trabajo para los organistas. Es mejor un aficionado que hace cosas que “el pueblo” puede hacer, en vez de hacer las cosas bien y profesionalmente: formar cantantes, organistas, ministriles, directores de música, maestros de capilla, musicólogos, compositores…; gente, en definitiva, que conozca su trabajo, que sepa que está bien hecho… Todo eso pasó hace tiempo a la historia. No resulta sorprendente que la inmensa mayoría de los organistas que graban discos sean de países en los que la música en las iglesias tenga otra consideración. Nos llena de envidia a los españoles escuchar los coros y los órganos de Inglaterra, de Alemania, de Francia, de Estados Unidos… ¿Sabían ustedes que un organista titulado puede llegar a cobrar 60000$ al año en los USA?. Y es que cuando el músico puede vivir de su trabajo, se fomenta la excelencia y se hacen las cosas bien, es posible que su trabajo tenga la suficiente calidad como para hacer una grabación. En el resto de los casos no. Así de cierto y de duro es. Aquí en España se duda de la viabilidad económica de la profesión de músico de iglesia; cuando lo cierto es que con una inversión inicial, quizá sí podría haber un mercado para esa música. El hecho es que las mejores grabaciones de nuestra música sacra de coro son inglesas, o las de música de órgano, alemanas; los organeros que reparan nuestros instrumentos, franceses o alemanes; los musicólogos que estudian nuestra música sacra, americanos o italianos… la lista es interminable. No se dan cuenta que esos musicólogos extranjeros sí ganan dinero con sus libros, con la edición de esas partituras. No se dan cuenta que esos organistas extranjeros cobran mucho dinero por los conciertos que a nosotros nos niegan año tras años en los mismos ciclos; y a menudo con programas de concierto sumamente mediocres, cuando no en plan “bolo”. No se dan cuenta que la edición y grabación de todos los fondos musicales de nuestros archivos catedralicios darían pingües beneficios; y que con los conciertos solo de esa música –a menudo virgen, inexplorada- a lo mejor hasta daba para vivir cómodamente. En cambio de esto, se nos pide que hagamos nuestro trabajo gratis. Que nos esforcemos hasta la esclavitud por nada, porque es deshonesto o inmoral exigir un precio por nuestro trabajo; porque consideran que hay otras personas que hacen ese mismo trabajo gratis. Pero lo cierto es que ni es el mismo trabajo, ni aunque lo fuera estaría bien hecho; ni aunque fuera el mismo trabajo es exigible a todos que hagan ese trabajo por nada. Allá de aquel que sea tan altruista. Una persona honesta, moral, con sentido de la responsabilidad, culta y con conocimientos, no quiere vivir de limosnas. La degradación que supone tener que aceptar el dinero que las personas quieran donarte para poder vivir dignamente, de pedir por el amor de Dios lo que justamente correspondería por un trabajo bien realizado deja al trabajo bien realizado a la altura de la nada. Y si el esfuerzo no vale nada, el esfuerzo entonces no merece la pena: lleva a pensar que el trabajo que se hace y el esfuerzo dedicado a lo largo de santísimas horas de estudio a este trabajo es deshonesto en si mismo, por después tener que pedirle a los “contratadores” el dinero que cuesta, a exigir un pago que dicen no se puede pagar porque otros lo hacen gratis, porque la iglesia es pobre y no tiene dinero, o porque no es razonable lo que se dice, o simplemente porque al sacerdote de turno no le gustan los músicos profesionales, que vienen “a dar el concierto”. Quizá el problema llegue cuando no sea posible ni siquiera encontrar un aficionado que lo haga. Pensamos que una catedral parece una catedral en tanto que haya gregoriano, polifonía, contrapunto, y un órgano sonando, por supuesto bien tañido, y no por un aficionado. Eso y que no haya los consabidos adolescentes de las guitarras y el “alabaré, alabaré”. En ese sentido, muchas veces hemos dicho que la Iglesia Católica no debería permitirse el lujo de renunciar a su propia estética, cosa que está haciendo, además en un mundo en el que es tan sumamente importante la imagen…; y más cuando lo tiene todo a su favor. Si bien no puede exigírsele a nadie la contratación del trabajador que no desea, la Iglesia debería asumir su papel de agente económico y poner –como con otras muchas cosas- los medios para que se hicieran las cosas bien; proporcionando un futuro y un trabajo digno a tantos que han dedicado su tiempo y su dedicación a este servicio –no lo olvidemos, de alta cualificación- , pues de lo contrario lo normal es que muchos jóvenes que iniciaron su camino como músicos de iglesia se sientan, en algún momento de sus vidas, estafados. Dentro de unos pocos años no quedarán organistas o especialistas en música sacra en España; a no ser tan solo los que sean capaces (y no se vean abocados a tener que buscar un trabajo antes de otra cosa) de sacar una oposición del estado. Todos especialistas en música sacra serán lo que los sacerdotes aquí deploran de los músicos. Todos ellos clientes del estado, productos de una ideología que prefiere tener a los trabajadores subyugados; estómagos agradecidos al poder político por tener lo que es justo y legítimo tener. Pensamos que en los conservatorios debería regir esta regla de oro: cada profesor solo podrá tener un alumno a lo largo de su vida… el resto no va a tener trabajo. Si un consejo se le puede dar a un padre –o una madre- que quiere que su hijo entre en el conservatorio, es que no lo matricule. Hará de él un desgraciado. |
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